Peregrinación Reliquias San Francisco Coll
Hay caminos que no se recorren solo con los pies, sino con el peso dulce del alma.
Aquella tarde, las calles de José Leonardo Ortiz dejaron de ser un paisaje rutinario para convertirse en un cauce de fe viva. Salimos desde el cobijo de nuestro colegio, La Anunciata, llevando entre las manos no un fragmento del pasado, sino el latido intacto de San Francisco Coll.
Él, el dominico incansable que fundó nuestra historia; el hombre que alguna vez gastó su vida y sus pasos por los senderos más olvidados para llevar la luz de la educación, volvía a peregrinar. Esta vez, lo hacía a través de nosotros.
En el trayecto hacia la Parroquia La Inmaculada, el paso lento de la tarde parecía murmurar su antiguo y eterno mandato: anunciar en la oscuridad, servir desde la humildad y amar sin reservas. La comunidad caminaba unida, y en cada paso, la ciudad entera se volvía promesa.
No éramos solo una multitud escoltando una reliquia. Éramos su legado en movimiento. Llevábamos memoria. Llevábamos fe. Y por esas mismas calles, bajo el cielo abierto, llevábamos la esperanza viva.
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